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| Javier Franco |
Quisiéramos en
ocasiones poder evitar en otros aquello por lo que ya pasamos, pero
no es posible. Sólo podemos reforzar las condiciones para facilitar
esas situaciones, esos tránsitos. Porque en este país, del sol y
del desprecio, se repite cíclicamente una obligada migración para
sobrevivir. No hace falta recurrir a máximas poéticas para
comprobar que aquí es imposible vivir salvo en condiciones de
miseria y servilismo sea cual sea el momento histórico, porque “la
vida está en otra parte”. De ahí surge este “Irme para no
volver”. Por eso, cuando la geografía se impone sobre los
habitantes generando falsas identidades con el patrocinio de
cualquier sátrapa, cuando las patrias sacrifican a sus hijos para
sustentarse conviene abandonarlas, en lo posible, con radicalidad y
no pensar en volver. Javier Franco puso la contundencia con su
guitarra a esos pensamientos.
IRME PARA NO VOLVER
Siento
un fatal equilibrio que se quiere romper
como
si no hubiera sitio y nada que hacer.
Son
vuelos inciertos ojos que no quieren ver
son
nubes sin cielo rostros al amanecer.
Son
sueños sin techo
irme,
irme para no volver.
No
hay tierra que sienta ni lugar que volver
es
sólo miseria de un muñeco sin piel.
Son
espacios sin tiempo polvo de tanto moler
las
rutas del viento pero nada que perder.
Son
sueños sin techo
irme,
irme para no volver.
Volando
y soñando descubrir una rosa
belleza
de un mundo que se marchita.
Que
extraña es la sombra que nos indica
que
algo se queda aunque todo se va
tu
mundo es mi mundo pero
nada
puede ser ya igual.
He
llegado a un destino que no tiene nombre
ya
no me siento cautivo ni obligado a ser pobre.
No
es metal lo que busco ni tener posición
ni
conquistar el absurdo que ya me abandonó.
Son
sueños sin techo
irme,
irme para no volver.
No
son cuestiones de ciencia perder o triunfar
sino
de mentes enfermas adictos a delirar.
Y
así quedó la plaza como un triste carnaval
tan
cumplida y falsa como dispuesta a naufragar.
Son
sueños sin techo
irme,
irme para no volver.
Volando
y soñando descubrir una rosa
belleza
de un mundo que se marchita.
Que
extraña es la sombra que nos indica
que
algo se queda aunque todo se va
tu
mundo es mi mundo pero
nada
puede ser ya igual.
LA MÚSICA POPULAR EN
EL CONTEXTO CULTURAL DE SEVILLA II
2. El patio Sevillano.
“Cuando
las razones son incoherentes, los negocios están comprometidos;
cuando los negocios están comprometidos, no se cultiva ni la música
ni los ritos; cuando no se cultiva la música ni los ritos, el pueblo
no sabe con qué pie bailar”.
(Confucio)
- El sector privado.
Una
vez “democratizado” el ruedo, la incipiente industria musical
fagocitó para sí aquello de lo que disponía, grupos y solistas de
pop y de rock más o menos de calidad. Se universalizó el consumo de
pop y rock de producción propia, compitiendo con las sucesivas
oleadas de música foránea. Eso trajo consigo que la cantera de
grupos y solistas creciera rápidamente. Los 80´fueron años de
vacas gordas para la industria musical, pero no tanto para la música,
que se había empobrecido por la manipulación ejercida por la propia
industria ya sea orientando los gustos del público hacia nuevos
productos, ya fuera marginando de la fiesta la madre de la tinaja que
fue la música de los 70´. Ya no había que contestar, que
denunciar, que crear una alternativa de expresión a la propuesta del
poder, ahora había que consumir plácidamente, crear mecánicamente,
participar de “la movida“. Recuerdo en Madrid cuando los pequeños
empresarios vinculados a la música compartían el gusto y a veces
los riesgos por ella. Los locales dedicados al directo eran pequeños
espacios de encuentro tanto para unas minorías numerosas de
aficionadas a escuchar nuevos sonidos, como de pocos y buenos músicos
que se sorprendían de poder compartir lo que hacían. En ellos lo
espirituoso del alcohol complementaba cada concierto, pero este no
era el motivo por el que se iba a escuchar música. Incluso había
conciertos a horas intempestivas, domingos por la mañana. Y los
colegios mayores en el mundo universitario competían entre sí casi
todos los días ofreciendo conciertos de todos los estilos de música
entre otras actividades culturales.
Bien
entrados los 80´, el ambiente musical de Sevilla se vio mimetizado
por la moda y el sonido que imponía la industria desde Madrid y en
ese contexto los músicos de Sevilla, engullidos por el ella, se
debatieron entre el exilio o la insuficiencia vital. Fueron años en
la periferia que no tuvieron mucho que ver con la orgía del centro.
Ya
en los 90´ las salas reconvierten los espacios escénicos ofreciendo
tocar a músicos incipientes, de peor calidad, que sin rodaje no
pueden exigir cantidades económicas dignas. Se resienten la
creatividad y la calidad. La música ya integrada como parte del
consumo de masas es un aditamento que acompaña a los consumidores a
todas horas, en todos los sitios y también en los locales de ocio y
alterne nocturno. La música es valorada ahora como parte efímera de
la “cultura del ocio”, entra en el circuito de la obsolescencia
de consumir y tirar, pierde su valor porque ha ganado precio y cuota
de mercado. A finales de esta década ya había que alquilar las
Salas para ofrecer un concierto y muchos músicos tragaron,
seguramente por necesidad para poder sobrevivir. Así se extendió la
primera “reconversión” en los locales: de salas de conciertos
pasaron a ser simples abrevaderos. La música y los músicos eran
también clientes de unos servicios de restauración y, por ello,
debían aceptar las condiciones que imponía el potente mercado del
ocio.
Con
el nuevo siglo hubo un pequeño cambio en Sevilla. Se abrieron de
nuevo salas dedicadas especialmente a dar conciertos, con no muy
buenas condiciones de acústica, que ofrecían oportunidad a grupos
locales y foráneos. Parecía que por fin esta ciudad entraba en un
circuito musical abierto y comenzaba a ofrecer lo que ya existía en
casi todo el resto de ciudades importantes del Estado desde hacía
bastantes años. Algo se movía, pero alguien desde lo público se
encargaría de limitarlo; lo expondremos más adelante.
Pero
hoy las cuestiones en torno a la música han dado una nuevo giro, los
locales comienzan a apretar a los grupos exigiéndoles condiciones
leoninas para realizar conciertos: que se vaya a taquilla (las
entradas que vendas es “casi” lo que te llevas), que lleves al
público, que tú mismo promociones el concierto, que dejes a la sala
1€, u otro tanto por ciento a concretar, por la venta de cada
entrada y que no les des el coñazo si tienes los temas registrados
en la SGAE y quieres declararlos para recibir unas limosnas. ¡A
esto estamos llegando!.
Está
claro que los empresarios de la hostelería que incluyen “la
música” como un servicio más de su oferta no la consideran
cultura, sino exclusivamente parte de la animación del ocio, una
oportunidad más para mejorar beneficios Ya no se lucran solo de la
venta de bebidas espirituosas sino también a través de la los
músicos y de su música.
Y
por último, en ese afán del perfeccionamiento de la explotación
del hombre por el hombre referida a este sector, se produce la
organización de “concursos”, generalmente entre bandas que
empiezan al objeto de que puedan levantar la cabeza. Concursos que
ofrecen premios en cadena en sucesivas ediciones eliminatorias y cuyo
premio suele ser poder llegar a tocar con algún encumbrado en vete a
saber dónde. El típico sistema de timo piramidal pero sufragado por
los propios músicos, pues cada grupo debe vender entradas para meter
el mayor número posible de público que le vote y poder así ganar
alguna de sus fases. Es como la fórmula del circo romano: disponer
de un espacio para que compitan los músicos entre sí a consta del
público y el empresario llevarse la pastuqui calentita. Esta
modalidad empieza a tomar cuerpo con la aparición de los “nuevos
emprendedores”, que con una visión de chatarrero, ven una
oportunidad de negocio entre los escombros del derribo...
Aún
así todavía hay algunos lugares, pocos realmente, que se mueven en
este ámbito con respeto hacia la música y los músicos, a los que
hay que agradecer que resistan a la competencia desleal del propio
gremio que los sitia.
- El sector público.
Como
ya se anticipó anteriormente el sector público en Sevilla no ha
hecho casi nada por la música y menos aún por los músicos.
Desde
la Junta de Andalucía la política cultural referida a la música ha
sido una calamidad. Sólo se ha potenciado la ópera,
subsidiariamente lo clásico y el flamenco. El resto de la
expresiones musicales no han existido. La cultura de la subvención,
del clientelismo, en ésto como en todo lo demás, ha llegado a los
allegados. Los circuitos musicales de las Diputaciones o
Ayuntamientos no contaban con criterios objetivos para seleccionar a
grupos o músicos, ejerciendo una discriminación evidente. No había
ni hay una estrategia clara de promover la creatividad en este marco.
Por otro lado, los conservatorios, como escuelas de música han
continuado lastrados y secuestrados por la música clásica,
impartiendo una formación cerrada y altamente especializada en
frustrar ilusiones y talentos que se quisieran desarrollar por otros
lugares y sonidos que los clásicos. Ni siquiera, respetando esa
línea, se ha sido capaz de ofrecer la alternativa de formación
postgrado referida hacia otras disciplinas como el jazz, el pop o el
rock, con todo el potencial necesario y previo para que los músicos
puedan tener una profunda base musical de conocimientos y la
posibilidad de perfeccionarlos o desarrollarlos a través de
diferentes estilos musicales.
En
este sentido, a falta de iniciativas privadas que supieran distinguir
la potencial riqueza musical que existe en esta ciudad, la calidad de
muchos intérpretes y la originalidad y el talento de muchos
compositores, el sector público se ha rodeado casi siempre de
“estrellas” que le den lustre, concentrándose la mayor parte de
los recursos en gastos
de productos comerciales de sobra conocidos, pero no realizando
inversiones
para potenciar otros nuevos valores, todo ello acompañado de la
política de cerrar o intentar impedir que las salas ofrezcan música
en directo porque ello no entra en la planificación que el poder
político tiene sobre como debe ser el ocio y la cultura. Y ahora,
con las arcas vacías “la música y los músicos” son un sector a
no considerar en todo lo posible. Asistimos hoy, por parte de los
poderes públicos locales, a formas de beligerancia contra la música
y los músicos a través de una censura sobre las letras en los
conciertos en directo, es una imposición impensable con el argumento
de que “el dinero público no puede financiar o promocionar a
grupos o solistas con letras que conculquen los valores morales de la
sociedad”. Pero ¿cuáles son esos valores?. Si, los de una
moralidad tartufa e impresentable propia de una dictadura.
Nada
hace presagiar que se comprenda hoy por los gestores y
administradores públicos, los que administran nuestro patrimonio
económico, que sólo con una oferta cultural de calidad la ciudad en
su conjunto puede salir beneficiada, que sólo podrá ganar cuota de
mercado turístico con ofertas diversificadas, que la Semana Santa y
la Feria tienen un tope de mercado al que ya se ha llegado y al que
seguramente veamos decaer en los próximos años por la crisis
financiera internacional. La música, en cualquiera de sus variantes
con calidad, puede y debe contribuir al bien común.